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martes, 20 de junio de 2017

1984, de inquietante actualidad




George Orwell publicó su novela 1984 (Nineteen Eighty-Four) en el año 1947. Desde entonces han pasado casi siete décadas y, sin embargo, sigue leyéndose con fruición, incluso ha encabezado las listas de ventas norteamericanas en los últimos tiempos y es uno de los clásicos más leídos en nuestro país. ¿A qué se debe este fenómeno? Desde luego es una gran novela, pero no comparable a las de Faulkner o Proust –los personajes orwellianos resultan algo planos y el argumento es muy similar al de una novela anterior del escritor ruso Yevgueni Zamiatin–. El mérito de Orwell radica en la maestría con la que supo plasmar el horror de una sociedad totalitaria, una sociedad en la que «El espionaje, las traiciones, las detenciones, las torturas, las ejecuciones y las desapariciones se producirán continuamente. Será un mundo de terror a la vez que un mundo triunfal» (1984, Parte tercera, capítulo III, Ediciones Destino, Barcelona, 1980). A día de hoy, la descripción de ese poder supremo que controla los movimientos de los ciudadanos, anula su capacidad para pensar, reescribe la historia en beneficio propio y se dedica a transformar mentiras en verdades aún resulta inquietante.

Eric Arthur Blair, más conocido por el pseudónimo de George Orwell, nació en la India británica en 1903. Escritor y periodista, se le recuerda por su especial compromiso con la justicia y la verdad, lo que le convirtió a menudo en una persona incómoda. Vargas Llosa, en su ensayo La verdad de las mentiras, dice de él: «El verdadero Orwell es una figura mucho más contradictoria y compleja de lo que aparenta ser en la imagen que ha prevalecido de él, y muy parecida a la de Albert Camus, a quien lo une, además del talento literario, la lucidez política y la valentía moral» (Mario Vargas Llosa, «George Orwell: socialista, libertario y anticomunista» en La verdad de las mentiras [Madrid: Alfaguara, 2002], pág. 213).

En su juventud, Orwell se posicionó en contra del imperialismo británico y, tras haber conocido de cerca las condiciones de vida de las clases obreras de Londres y París, se postuló en defensa del socialismo. En diciembre de 1936, viajó a Barcelona para luchar como voluntario en el bando republicano. Se alistó en el partido de orientación trotskista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y durante los meses de enero y febrero combatió en el frente de Aragón; en mayo de 1937, fue herido en el cuello cerca de Huesca y se licenció. Un mes después, el gobierno republicano declaró al POUM una organización ilegal, lo que trajo consigo una dura represión anti-trotskista en Barcelona que a punto estuvo de costarle la vida a Orwell.

A raíz de esta experiencia y ya de vuelta en su país, el autor escribió en el año 1938 un ensayo titulado Homenaje a Cataluña (Homage to Catalonia), donde hablaba con admiración de la atmósfera revolucionaria y la falta de estructuras de clase en las zonas controladas por los anarquistas, pero también de la dura represión estalinista que el Partido Comunista ejerció contra las facciones de izquierda rivales, y las mentiras con las que la justificó.

«Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (...) En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas «líneas de partido». (...) Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo». (George Orwell, Recuerdos de la guerra de España, Debate, 2011).

Esta denuncia le valió el reproche de muchos intelectuales afines a la Unión Soviética y de aquellos que consideraban que revelar las divisiones entre los comunistas y anarquistas en España podía resultar perjudicial para la causa republicana. Su editor, por ejemplo, no quiso publicarle el ensayo. Pese a todo, Orwell siguió combatiendo hasta su muerte el comunismo soviético y el carácter «utópico» y «elitista» de la intelectualidad europea de izquierdas, al tiempo que defendía su idea de socialismo democrático.

Considerado como uno de los grandes ensayistas en lengua inglesa, ha pasado a la posteridad por sus novelas; en especial, por Rebelión en la granja y 1984. La primera, publicada en 1945, está planteada como una fábula en la que un grupo de animales de una granja expulsa a los humanos tiranos para crear un sistema de gobierno que acaba convirtiéndose en otra tiranía brutal. La novela supone una sátira feroz a la figura de Stalin y el comunismo soviético.

En palabras del autor, 1984 presenta «un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas, y después de las experiencias de los últimos años no es una conjetura hecha a tontas y a locas». La novela se desarrolla en Londres, que en el año 1984 forma parte de Oceanía, un gran estado que comprende Gran Bretaña, EE UU y algunos territorios de ultramar, y que controla con mano férrea el Partido. La sociedad se divide en tres grupos: los miembros externos al Partido, los miembros internos y las proles –estas últimas representan el único grupo social que no se vigila, pues ha sido aplacado a base de miseria y falta de educación y ya no se teme.

Los miembros externos forman la burocracia. Están al tanto de los entresijos del sistema, por lo que soportan una intensa vigilancia. No tienen derechos, libertades ni privacidad, y son víctimas de una constante propaganda que tiene como objetivo fanatizar su adhesión al Partido y el rechazo al enemigo. Cada día se les somete a unos minutos de odio y, de manera periódica, se organizan manifestaciones donde se espera que insulten al enemigo y ensalcen al Partido. La Policía del Pensamiento los vigila día y noche a través de telepantallas y micrófonos repartidos por doquier y, ante cualquier comportamiento sospechoso, conversación o gesto facial delator, entra en acción. La Policía no es la única encargada de la vigilancia; los vecinos y familiares también participan de esta caza de brujas, pues el Partido se ha ocupado de erradicar cualquier vínculo emocional, y la familia, las relaciones de pareja o la amistad forman parte del pasado. Con este panorama, no es de extrañar que las detenciones sean masivas. Los supuestos rebeldes acaban en el Ministerio del Amor, donde «por su bien» (de ahí el retorcido nombre del Ministerio), se les tortura hasta que regresan al buen camino o mueren.

Otro método eficaz de control es la manipulación del lenguaje y la historia. El Partido sabe que lo que no puede expresarse no se piensa, por lo que ha impuesto a la ciudadanía el uso de la llamada «neolengua», un idioma creado por ellos de forma artificial y cuya característica principal es que, en vez de aumentar su vocabulario con el paso del tiempo, lo reduce. La manipulación de la historia corre a cargo del Ministerio de la Verdad, donde trabaja Winston Smith, el protagonista de la novela. Aquí se falsea el pasado para adaptarlo a los intereses del Partido, las mentiras se convierten en verdades a base de repetirlas (mentira institucionalizada) y se borran los datos incómodos del mismo modo que desaparecen las personas inconvenientes.

La última pata sobre la que se sostiene el sistema es la guerra constante. Además de Oceanía, hay otros dos superestados: Eurasia, que domina el continente europeo y Rusia, y Estasia, que incluye China y Japón. Estos tres estados compiten militarmente por el dominio de una estrecha franja alrededor del ecuador. En realidad, es imposible ganar la guerra porque los tres estados son iguales en capacidad y fuerza, pero a todos les interesa que exista un enemigo externo (si hay guerra con otros países, el país está en paz consigo mismo).

En cuanto a los personajes, Winston Smith desempeña el papel de rebelde junto con su novia, una joven que nació cuando el Partido ya estaba firmemente instaurado, por lo que carece de capacidad analítica, aunque conserva una rebeldía innata. O’Brien es un personaje ambiguo, a la vez odiado y respetado por el protagonista, y por encima de los tres se sitúan el Gran Hermano y Emmanuel Goldstein. El primero representa al gran dictador. Su imagen se proyecta a todas horas en los murales y telepantallas de la ciudad, pero no hace apariciones públicas, lo que le convierte en un personaje idealizado y enigmático. A lo largo de la novela, Smith duda varias veces de la existencia del Gran Hermano; en realidad, poco importa si existe o no, lo único relevante es la idea que representa, ese dirigente todopoderoso e imbatible al que se teme y venera a un tiempo. La crítica ha visto una clara referencia a la figura de Stalin. Emmanuel Goldstein es el antagonista del Gran Hermano; el enemigo más odiado y una pieza necesaria para el equilibrio del sistema. La crítica lo ha considerado el trasunto de León Trotski.

Cuando Orwell escribió 1984, la amenaza totalitaria era todavía algo muy real y la novela alcanzó una enorme repercusión; incluso intelectuales que vivían bajo un régimen comunista y habían tenido acceso a la novela declararon su asombro por la agudeza con la que el autor inglés había descrito el funcionamiento interno del sistema. A día de hoy, es posible encontrar ciertos paralelismos entre el mundo actual y el de 1984, y quizá por eso el interés por la novela no ha decaído. También en nuestra sociedad se manipula la información, se propagan noticias falsas que alcanzan más difusión que las verdaderas y hay políticos que retuercen el lenguaje y los datos, desprecian a sus adversarios y fomentan el aislamiento. A través de internet se practica la vigilancia masiva, y las redes sociales a menudo se utilizan para exhortar al odio y llevar a cabo linchamientos públicos. En cuanto al empobrecimiento del lenguaje y el pensamiento, no hay más que ver el desprestigio de las humanidades, el reduccionismo de los mensajes, la incapacidad para mantener la atención por mucho tiempo y la falta de interés por la cultura y la historia. También el pensamiento único se puede considerar una útil herramienta de control.

«(El Estado totalitario) dicta lo que debemos pensar, nos crea una ideología y trata de gobernar nuestra vida emocional al mismo tiempo que establece un código de conducta. En la medida de lo posible nos aísla del mundo exterior, nos encierra en un mundo artificial en el que carecemos de criterios de comparación. El Estado totalitario trata, en todo caso, de controlar los pensamientos y las emociones de sus súbditos tan completamente como controla sus acciones». «Literature and Totalitarianism», G. Orwell, 1941, CEJL, vol. II, pág. 135.

María Forero
George Orwell, 1984, Debolsillo, 2013

Este artículo ha aparecido en mi blog Entre libros (www.radiofftherecord.com)

jueves, 6 de abril de 2017

Personajes femeninos de la literatura universal (Parte I)

Vargas Llosa, en su ensayo dedicado a la figura de Madame Bovary (La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary, Punto de Lectura, 2011), dice: «Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido». Creo que tiene razón: la buena literatura es capaz de crear personajes de ficción con una identidad tan bien construida que resultan igual de reales, o incluso más, que cualquiera de nosotros. Con ellos, el escritor alcanza su cumbre creativa al conseguir que una criatura suya escape del marco narrativo al que pertenece y, tras pasar a formar parte de la memoria colectiva, se convierta en un representante más de la condición humana. Porque ¿qué importa que Hamlet o el Quijote no hayan sido personas de carne y hueso si condensan y explican lo que somos de forma tan certera y fiel? Peter Pan y la infancia; Ulises y la plenitud vital del héroe; el rey Lear y el desengaño en la vejez: todos ellos, y tantos otros, no solo tienen vida propia sino que han alcanzado el privilegio de la inmortalidad.

Hoy me gustaría recordar algunos de los personajes femeninos que han dejado una huella más honda en mi memoria. Muchos fueron creados por hombres –aunque esta circunstancia no les quita un ápice de verdad– entre finales del siglo XIX y principios del XX, y por lo general, representan a una mujer en conflicto; ya sea con la sociedad, con su marido o con su propia condición. Son mujeres que se equivocan, que fracasan estrepitosamente en su intento de ser felices; a veces, ellas solas se buscan su ruina, otras, comparten responsabilidad con una sociedad inflexible que las precipita al desastre.

Hasta bien entrado el siglo XX, el matrimonio era en la mayoría de los casos una transacción. Esto hace que sea difícil distinguir entre los personajes femeninos que sufren un conflicto interno derivado de un matrimonio desdichado, y las mujeres que son víctimas de una sociedad que primero las empuja a casarse sin amor y, después, las obliga a soportar en silencio su desdicha. Aun así, podemos considerar que Medea, la protagonista de la tragedia de Eurípides del siglo V a. C., pertenece al primer grupo, pues ella eligió libremente casarse con Jasón.

En su caso, el conflicto estalla cuando su marido la traiciona. Medea había salvado a Jasón de una muerte segura y, después, renunció a su familia y su patria para seguirlo hasta el exilio. Pero Jasón demuestra que no es digno de tanta entrega cuando acepta casarse con la hija del rey de Corinto para asegurarse su futuro en aquel reino extranjero. En cuanto a Medea y sus dos hijos, deben salir cuanto antes del país; eso sí, Jasón le asegura que no debe temer nada: él se ocupará de ellos en la distancia. Medea no es una mujer a la que se pueda manejar y, loca de furia y resentimiento ante semejante traición del padre de sus hijos, decide vengarse de la forma más cruel. Primero, mata a la futura esposa de Jasón y, luego, asesina a sus propios hijos para causar el mayor daño posible a su marido. «¡Malditos muráis, pues nacisteis de mí, una madre funesta, y perezca también vuestro padre y la casa con él!». Aunque en la obra no se exculpa a Medea ni su terrible venganza, sí se denuncia el doble rasero con el que se juzgaba entonces a hombres y mujeres. Si una mujer era fuerte, valiente y audaz –como Medea–, la sociedad la veía como una amenaza; y si era traicionada por un marido infiel, se le exigía que guardara silencio y se sometiera; en circunstancias similares, a un hombre jamás se le hubiera tratado así.

La situación de la mujer que Eurípides describe en el siglo V a. C. no es muy diferente de la que presenta Benito Pérez Galdós en su novela Fortunata y Jacinta, escrita a finales del siglo XIX. Al igual que Medea, Jacinta tiene un marido infiel. Juan la engaña y, en su caso, ni siquiera lo hace para asegurarse una posición en un reino extranjero, sino por lujuria, porque no está dispuesto a renunciar a la pasión que siente por otra mujer. Jacinta sufre como Medea, pero en ella pesan demasiado las convenciones sociales; le asusta tanto el escándalo y la deshonra que opta por guardar silencio y desempeñar el papel de mujer virtuosa. Medea se rebela, Jacinta se somete.

En el caso de Emma Bovary, el célebre personaje de Flaubert, es ella quien provoca el conflicto. Emma es infeliz, y no porque su marido la maltrate o le sea infiel, sino porque el bueno de Charles Bovary no cumple con sus expectativas. Unas expectativas que Emma se había formado leyendo un sinfín de novelas románticas que le hicieron concebir una idea equivocada del matrimonio. Su marido y el entorno provinciano en el que viven la aburren mortalmente. Ella siente que ha nacido para el lujo de una vida aristocrática, la belleza y la voluptuosidad y, en un acto de rebelde egoísmo, decide romper con todas las reglas y convenciones burguesas, y lanzarse a los brazos de sucesivos amantes. No pretende con ello reivindicar su libertad, solo colmar sus deseos de romanticismo y aventura. A Emma le sale mal la aventura: sus amantes no se comportan con la grandeza que ella esperaba y, para colmo, contrae deudas que la llevan a un callejón sin salida. Como el Quijote, Emma ha perseguido un ideal y, en esa búsqueda que tiene mucho de irracional, se ha perdido.

Los personajes femeninos de Henrik Ibsen levantaron ampollas por su complejo y ambiguo comportamiento, que traspasaba todos los límites morales. En 1879, Ibsen publicó la obra dramática Casa de Muñecas. La protagonista, Nora Helmer, es una mujer felizmente casada y madre de tres hijos. En apariencia, lleva una vida plácida y despreocupada, aunque no siempre fue así: hace años, el matrimonio pasó muchas penurias económicas, pero hoy todo eso queda atrás y su futuro es prometedor. Nora se nos presenta como una mujer superficial, gastadora y atolondrada que miente a su marido para salirse con la suya. Torvaldo Helmer, por su parte, la trata con condescendencia, como a una niña malcriada; Nora es su pajarillo, su «alondra», y ella parece a gusto en ese papel.

Pero Nora guarda un secreto. Hace tiempo, su marido estuvo muy enfermo, y el matrimonio no tenía dinero para costearse el tratamiento médico. La situación era desesperada y, sin que su marido se enterara –su orgullo jamás lo hubiese permitido–, Nora decidió pedir un préstamo. En aquella época, una mujer no podía contraer un préstamo por las vías habituales, así que tuvo que recurrir a un hombre de dudosa reputación para que le proporcionara el dinero; incluso se vio obligada a falsificar la firma de su padre, que acababa de fallecer, para que le sirviera de aval.

Sin saberlo, Torvaldo Helmer le debía la vida a Nora, y ella estaba convencida de haber obrado bien y muy orgullosa. Sin embargo, su mundo se desmorona cuando el prestamista empieza a chantajearla. Su marido acaba enterándose de lo que hizo por él y, lejos de agradecérselo, se lo reprocha en una dura conversación. Nora puede ir a la cárcel por haber falsificado la firma de su padre, y Helmer, antes de verse envuelto en asunto tan turbio, prefiere repudiar a su mujer para salvaguardar su buen nombre y su futuro profesional. Pero, en unos pocos minutos, el matrimonio se entera de que el prestamista ha cambiado de opinión y no va a delatar a Nora. Ya no corren peligro, y el marido cambia radicalmente de postura y, ahora, agradece a Nora lo que ha hecho por él. Sin embargo, ya es tarde para ella. Nora se ha dado cuenta de que no entiende el mundo que la rodea ni su funcionamiento –¿cómo se puede castigar con la cárcel a una mujer por querer salvar a su marido?–, y toma una drástica determinación: abandonar a su familia. Lo hace porque ya no se siente capaz de educar a sus hijos, ya no es un buen ejemplo para ellos, y la culpa no es de su marido sino de ella, por haber vivido tanto tiempo en la ignorancia, como en una casa de muñecas.

Podemos entender el desconcierto de Nora aunque nos cueste aceptar su decisión final, pero resulta complicado ponerse en la piel de Hedda Gabler, la otra gran protagonista de Ibsen. Hedda es una mujer fría y cruel, con un sentido aristocrático y estético de la vida que le hace sentirse superior al resto. Hedda no soporta a su marido ni a las tías de este por su mentalidad pequeña burguesa y sus mediocres aspiraciones. Ninguno ha hecho nada para merecer su desdén, pero ella siente un vacío existencial tan hondo, se siente tan infeliz y fuera de lugar, que comete crueldades que nadie entiende, como cuando desea quemar el pelo a su amiga de la infancia porque es más bonito que el suyo, o finge confundir el chal nuevo de la tía con el de la criada para que se sienta azorada. El aburrimiento de Hedda va mucho más allá que el de Emma Bovary. Emma era una idealista, pensaba que podía encontrar la felicidad en brazos de sus amantes, pero Hedda no ve redención posible y, ante la falta de grandeza en su vida, decide poner punto final con el único acto que le parece magnífico: un certero disparo en la sien.

Es imposible mostrar indiferencia ante estos personajes femeninos. Es probable que no comprendamos su comportamiento, que lo reprobemos, que nos cause estupor o incluso malestar; pero no cabe duda de que los autores consiguieron su objetivo: removernos por dentro y hacernos perder pie. Solo por eso, y por su indiscutible calidad literaria, merecen ser recordados.

María Forero
(Este artículo ha sido publicado también en mi blog «Entre libros», en www.radiofftherecord.com).

La civilización del espectáculo

El 5 de noviembre de 2016, Elvira Lindo publicó en El País un artículo titulado «La cobra del pueblo», en referencia a la cobra que Chenoa le hizo a Bisbal en el concierto conmemorativo de Operación Triunfo. Esta anécdota –muy comentada en los medios de comunicación– le sirve a Lindo para hacer una reflexión sobre las consecuencias de que la audiencia mande en la programación de la televisión pública. Lo que menos importa es que el programa tenga o no calidad; si gusta al público, es cultura popular, y como tal hay que aplaudirlo y respetarlo. Es más, si alguien se atreve a dudar del producto, enseguida se le tacha de «aburrido, arrogante y cursi». Así, el artista que no responde a los gustos populares apenas tiene difusión, y el público general se queda sin poder disfrutar de su talento.

Ya en el año 2012, Vargas Llosa profundizó en esta idea en su ensayo La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012). Según el nobel peruano, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, la sociedad se ha caracterizado por su superficialidad, y la cultura, tal y como se venía entendiendo desde la época clásica, está en vías de extinción, sino extinguida. Uno de los principales culpables de este fenómeno es la llamada «cultura popular», que encumbra cualquier expresión del pueblo, con independencia de que lo merezca o no, y arrincona la auténtica cultura.

El origen de este fenómeno se encuentra en la instauración de la democracia y la libertad en los países occidentales, que trajo consigo un cambio en la escala de valores. De pronto, el entretenimiento pasó a ser la máxima aspiración del hombre occidental. La sociedad quería divertirse a toda costa. Había que escapar del aburrimiento y evitar cualquier situación perturbadora o angustiosa. Los políticos, los medios de comunicación, los empresarios y los artistas se pusieron manos a la obra para complacer este deseo, pues su principal objetivo ahora era vender un producto o una idea al mayor número de personas. Pero, claro, para llegar a un público mayoritario, había que trivializar el mensaje.

Hoy en día, en la esfera política, tan importante es el contenido como la forma. El político ha de ser atractivo, quedar bien en la tele y conectar con el pueblo: la imagen lo es todo. Un ejemplo de esta clase de político vinculado al espectáculo podría ser Berlusconi, Pablo Iglesias o Donald Trump. En los medios de comunicación ocurre más o menos lo mismo. Las noticias deben resultar novedosas, insólitas o espectaculares. Se busca informar, pero sin perder de vista el entretenimiento. Esto explica que en los telediarios se dedique cada vez más espacio a los sucesos o los ecos de sociedad. Llegado a este punto, Vargas Llosa califica a la revista Hola como el producto periodístico más genuino de la civilización del espectáculo, el colmo de la frivolidad (se ve que los cantos de sirena de esta civilización son tan sugerentes que atrapan hasta a los más prevenidos).

Tampoco el arte se libra. Para ser pintor de éxito y que te cuelguen en un museo, resulta imprescindible ser provocador y escandaloso. La confusión es enorme: ya no es posible distinguir lo bueno de lo malo, lo que es bello de lo que no, y las mafias del arte se aprovechan de ello sin ningún pudor. En la literatura y el cine triunfa lo light. Se apuesta por libros y películas que sean ligeros, entretenidos, que hagan pasar un buen rato, que entretengan. Nada de libracos densos como los de Proust, Faulkner o Woolf; estos autores las pasarían canutas hoy en día. Es más, es muy probable que no llegaran a publicar, pues las editoriales actuales se rigen por los números y, si no están seguros de lograr grandes ventas, no arriesgan. Además, hay otra cuestión: si Proust hubiese vivido en esta época de lo fugaz y lo breve, es casi seguro que no se hubiese atrevido a escribir las cerca de tres mil páginas y siete tomos de En busca del tiempo perdido.

En la civilización del espectáculo, los antiguos guías de la sociedad han desaparecido. Los intelectuales, que durante siglos fueron escuchados y respetados, hoy están relegados al olvido, y su lugar lo ocupan las estrellas de fútbol, los actores, los cocineros o los blogueros, a los que se escucha con el mismo interés que antes a los filósofos. Vivimos en un mundo de especialistas y tecnócratas, en donde el pasado solo importa para mejorarlo. Lo que hoy está de moda, mañana se abandona sin dejar huella. Nada perdura, pues solo se tiene fe en el progreso. Hay que crear novedades que empujen al consumo y generen beneficios. Las humanidades, que no generan beneficios económicos sino espirituales, se ignoran por no verles utilidad. En opinión de Vargas Llosa, todo esto ocurre porque la cultura ha dejado de desempeñar el papel que ha tenido siempre. Ya no busca responder a las grandes preguntas del ser humano –que, por otro lado, a casi nadie parecen importarle–; ahora es esclava de los beneficios y sierva del entretenimiento. Se ha despojado de su faceta espiritual y se ha quedado en los huesos, sin sustancia.

María Forero
Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. Ed. Alfaguara. 2012

(Este artículo ha sido publicado también en mi blog «Entre libros», en www.radiofftherecord.com).