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jueves, 6 de abril de 2017

Personajes femeninos en pugna (Parte II)

Si en el primer artículo dedicado a grandes personajes femeninos de la literatura me centré en los que tenían un conflicto interno, hoy es el turno de las mujeres de ficción enfrentadas a la sociedad de su época.

En Fortunata y Jacinta, de Galdós, dos mujeres comparten el protagonismo. Jacinta –de la que ya hablamos– representa el orden establecido. Es la esposa de Juan, la joven burguesa sumisa y abnegada que sufre en silencio. Fortunata es una mujer del pueblo. Conoce a Juan cuando aún está soltero, y se entrega a él sin reservas, con una pasión auténtica y desinteresada. Juan disfruta de este amor desinhibido, aunque sabe desde el primer momento que su relación jamás llegará a nada, pues la diferencia social era por entonces una barrera infranqueable. Llegado el momento, se casa con Jacinta, porque eso es lo que se espera de él, y en un momento de intimidad con su nueva esposa, se sincera y le habla de su amor de juventud:

«Fortunata tenía los ojos como dos estrellas… Tenía las manos bastas de tanto trabajar, el corazón lleno de inocencia… Pero no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas letras y otras las equivocaba… Se pasó su niñez cuidando el ganado. Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto? El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal de que se lo digan con palabras finas». (Vol. I, Cap. V, 5. Edición de Francisco Caudet, Cátedra, 1994).

En aquel momento, Juan pensaba que podía controlar su pasión por Fortunata, pero no es así. Se reencuentran una y otra vez, tienen un hijo en común, y el personaje de Fortunata, que en la novela simboliza la fuerza arrolladora del pueblo que empieza a reclamar sus derechos, evoluciona. De los tres, ella es la única que emprende una «revolución» al intentar cambiar las cosas. Primero, trata de corregirse y poner freno a la pasión que siente por Juan. Pero fracasa. Entonces se le ocurre ofrecer su hijo a Jacinta a cambio de quedarse con Juan, y también fracasa. Fortunata comparte el destino trágico de tantos otros personajes femeninos, pero anuncia el cambio que está por llegar.

También Kate Croy, la protagonista de la novela Las alas de la paloma, de Henry James , tiene un problema con la sociedad. Kate es una joven sensible e inteligente, dotada de gran belleza y encanto, que vive con una tía rica que la ha tomado bajo su tutela después de que el padre de Kate dilapidara su fortuna. La tía, que conoce las extraordinarias virtudes de su sobrina, sueña con un matrimonio ventajoso, pero ella mantiene una relación secreta con Merton Densher, un periodista con un futuro prometedor pero sin recursos. Los dos saben que la tía de Kate jamás aceptará este matrimonio y que, si insisten en casarse, la desheredará. Muy lejos de la heroína romántica, Kate no está dispuesta a renunciar a lo que le corresponde para llevar una vida de privaciones y sin futuro al lado de Merton; pero tampoco es capaz de dejarlo para casarse con un buen partido. En esta tesitura, aparece en sus vidas Milly Theale, una joven norteamericana huérfana, ingenua y millonaria, que sufre una enfermedad incurable y que siente una franca admiración por la pareja. Con su habitual suspicacia, Kate intuye que Milly está deseosa de vivir una intensa historia de amor antes de morir, y decide aprovechar esta circunstancia. Convence a Merton para que enamore a Milly, con la esperanza de que, a su muerte, ella le deje heredero de una sustanciosa suma de dinero. Todo sale como ha previsto: Milly se enamora y, al morir, convierte a Merton en un hombre rico y, a ojos de la tía de Kate, en un pretendiente más que aceptable. Sin embargo, algo escapa al control de Kate. Después de haberse aprovechado de Milly, Merton y ella ya no son los mismos; su relación se ha contaminado. Y eso que los dos sospechan que la americana sabía lo que estaban haciendo y, aun así, les dejó hacer. Pero el hecho de que Milly los perdonara, no significa que ellos puedan perdonarse. La conclusión que podría sacarse es que Kate consiguió burlar los límites impuestos por la sociedad, jugó con ellos y ganó la partida; pero en el proceso se manchó las manos y, al final, la pérdida resulta superior a la ganancia.

Dorothea Brook, uno de los muchos personajes de Middlemarch, la novela cumbre de George Eliot, se siente incómoda con el papel limitado que la sociedad victoriana atribuye a la mujer. Ella quiere servir a la sociedad, hacer algo que merezca la pena, pero cuando intenta mejorar las condiciones de vida de los trabajadores que viven en las tierras de su tío, nadie la toma en serio. Entonces conoce al reverendo Edward Casaubon, un hombre mucho mayor que ella que está embarcado en una ardua investigación, y acepta casarse con él porque imagina que los dos juntos, uniendo esfuerzos, podrán confeccionar una gran obra del saber. Una vez más, el personaje femenino fracasa en sus aspiraciones, pues Dorothea enseguida se da cuenta de que el reverendo es un hombre mediocre y ruin que no está dispuesto a dejarse ayudar. Al igual que Emma Bovary, Dorothea es una idealista desengañada, pero mientras que Emma se rebela, ella asume su equivocación y soporta al reverendo hasta que muere.

¿Son todos los personajes femeninos de esta época desgraciados? ¿Es que no hay ninguna mujer de ficción conforme con su destino? Aunque no es lo habitual, las hay. Los personajes de Jane Austen suelen vencer las dificultades y salir victoriosas. Pero a mí me gusta especialmente la matriarca de Al faro, una de las grandes novelas de Virginia Woolf. Mrs. Ramsey es una mujer en armonía con su condición. Está pasando el verano con su familia junto al mar. Su marido –un intelectual caprichoso y egocéntrico–, sus ocho hijos y varios invitados la requieren todo el tiempo, y ella se entrega a su cuidado con auténtica devoción. Vemos su dedicación, el mimo con el que intenta crear un ambiente propicio para que los suyos prosperen y sean felices, y cómo convierte este empeño en un arte que solo ella domina. Aunque pudiera parecer que Mrs. Ramsey es un personaje doblegado, no es así. En realidad, ejerce de un modo sutil su particular dominio sobre los demás, pues todos la necesitan para dar sentido a la vida, para poner orden en el caos. Y aún hay más: ella, el ángel de la casa, la madre entregada y entusiasta, se reserva una parte de sí misma, quizá el anhelo de lo que pudo haber sido y no fue, el íntimo recuerdo de lo que dejó atrás, y ese sentimiento, que asoma de vez en cuando en una de sus miradas perdidas, hace aún más interesante al personaje.

Y, para terminar, volvamos al principio de los tiempos con Eva, el personaje femenino de Mark Twain que recrea a la primera mujer. En sus Diarios de Adán y Eva (Extracts from Adam's Diary, 1904; Eve’s Diary: Translated from the Original Ms, 1906), el autor norteamericano fantasea con humor sobre la personalidad de la primera pareja humana y su relación. ¿Qué se le pasaría por la cabeza a Eva cuando, de pronto, se vio en el Edén rodeada de criaturas extrañas? Y Adán, ¿cómo encajó su repentina aparición, la recibió gustoso o le pareció un estorbo?

Twain lo tiene claro: a Adán le abruma su compañera. La nueva criatura no para de hablar, le observa a todas horas y se empeña en adelantársele a la hora de poner nombre a lo que tienen a su alrededor, algo que le exaspera. El autor se divierte lo suyo perfilando a un Adán tosco y un poco simple que no se entera de nada y al que, de tanto en tanto, le asaltan repentinas ansias de libertad. Eva es todo lo contrario. Desde las primeras anotaciones de su diario, se nos muestra analítica y reflexiva. Eva posee un conocimiento intuitivo del mundo que la rodea, y gran curiosidad por él. «Me encanta hablar», dice de sí misma, «hablo todo el día, incluso en sueños, y soy muy interesante». En cuanto a su compañero del Paraíso, no acaba de entenderlo: «Me parece que la criatura está más interesada en descansar que en ninguna otra cosa. A mí me cansaría descansar tanto (…). Me pregunto para qué sirve: nunca le veo hacer nada». Pero pasa el tiempo y, poco a poco y pese a sus muchas diferencias, se vuelven imprescindibles el uno para el otro. En sus plegarias, Eva ruega no sobrevivir a Adán, pues no lo soportaría; y él, cuando su compañera muere, escribe en su tumba: «Allá donde ella fuera estaba el Edén».

María Forero

(Este artículo también ha sido publicado en mi blog «Entre libros», en www.radiofftherecord.com).

Memorias de un europeo

Stefan Zweig nació en Austria en el año 1881. De origen judío, su obra gozó en Europa de gran prestigio y popularidad. Cultivó todos los géneros. Escribió novelas e historias cortas, obras de teatro, ensayos y célebres biografías como la de María Estuardo, María Antonieta o Magallanes. Su autobiografía, titulada El mundo de ayer: memorias de un europeo (El Acantilado, 2001), es un testimonio fiel y conmovedor del período de entreguerras.

Zweig comenzó a escribir sus memorias en Brasil, donde se había exiliado al inicio de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, fue de los primeros intelectuales en intuir el peligro que se avecinaba y, ya en 1934, cinco años antes de que estallara el conflicto, decidió abandonar Austria tras vivir dos incidentes en apariencia insignificantes que, sin embargo, le pusieron sobre aviso. En Salzburgo, la pequeña ciudad fronteriza en la que pasaba largas temporadas, se cruzó un día con un viejo amigo, un escritor con el que mantenía una estrecha relación. El amigo aparentó no haberlo visto para no tener que saludarlo, pero días después fue a visitarlo a su casa. Zweig comprendió que la presión nacionalsocialista que fomentaba el odio por los judíos se estaba filtrando desde la vecina Alemania, y que su amigo no quería mostrarse en público con él para evitarse problemas.

El segundo incidente tuvo lugar meses después. Una noche, recibió en casa la visita de cuatro policías que lo acusaron de esconder armas de la Alianza Defensiva Republicana, una formación paramilitar controlada por el partido socialdemócrata. El argumento carecía de toda lógica –Zweig no mostraba interés por la política, pasaba largas temporadas en el extranjero y, además, ¿qué sentido tenía esconder armas en una casa de campo donde cualquier movimiento despertaría sospechas?–; aun así, los policías registraron su casa. A Zweig le pareció una violación inadmisible de sus derechos y, ese mismo día, decidió abandonar el país. En aquel momento, no sabía que iba a ser un exilio definitivo ni era consciente de la dimensión de la tragedia que se cernía sobre Europa.

Zweig titula la primera parte de sus memorias «El mundo de la seguridad», en referencia al mundo de sus padres y de su juventud. En ese momento, todavía bajo la monarquía de los Habsburgo, Austria era un imperio grande y poderoso. Todos sabían cuál era su lugar en el mundo, qué les correspondía y qué podían esperar del futuro. Existía una confianza ciega en las instituciones, el derecho y la justicia, al tiempo que se respetaban las obligaciones. En Viena se vivía bien. Había fiestas, teatro, música y arte. Los judíos destacaban como grandes artistas y eruditos: los había directores artísticos, pintores, arquitectos, periodistas… De sus años de juventud, Zweig recuerda su anhelo por aprender. Tanto él como sus compañeros de estudio querían estar al tanto de las novedades culturales; deseaban leerlo todo, saberlo todo. A esta ansia por aprender se le unía el deseo de viajar, que gracias a la buena posición económica de su familia, el autor pudo satisfacer ampliamente: en unos años, recorrió Europa, buena parte de América y África.

La Europa de antes de la Primera Guerra Mundial era fuerte y próspera. El avance de la ciencia y el progreso que trajo consigo hizo creer a las personas y los estados que todo era posible. Las naciones se sentían imbatibles: querían enriquecerse más, expandirse más, poseer más, sin darse cuenta de que sus vecinos se sentían igual de fuertes y compartían las mismas aspiraciones. Durante años, los diplomáticos se dedicaron al juego de las alianzas y los retos, confiando en que en el último momento cundiría la razón. A la vez, y casi siempre por motivos económicos, se empezó a fomentar el odio entre países, un odio que los gobiernos crearon de forma artificial, pero que poco a poco fue arraigando en el pueblo. Aun así, quizá no hubiese llegado la sangre al río de no ser por un suceso que actuó como detonante: el asesinato en Sarajevo del heredero al trono de Austria y su mujer. Dice Zweig que, en realidad, el matrimonio no era demasiado querido en su país, pero la prensa se movilizó para exigir una respuesta contundente: parecía evidente que se estaba preparando el terreno para algún tipo de reacción, aunque nadie pensaba en una guerra. Sin embargo, todo se fue complicando, comenzaron a movilizarse los ejércitos y, cuando quisieron darse cuenta, Alemania había invadido Bélgica y estalló la Primera Guerra Mundial, un enfrentamiento que nadie deseaba.

Zweig no profundiza en las razones políticas que provocaron la guerra, sino en el ambiente social e intelectual que se respiraba y en las consecuencias desastrosas que trajo la contienda. Austria dejó de ser una monarquía imperial, su territorio fue dividido y se vivieron años de miseria, hambre y estraperlo. Se perdió la fe en las instituciones, los jóvenes dejaron de confiar en sus mayores y se dio la espalda a la tradición. Fue una época alocada, de experimentos delirantes en los que todo estaba permitido menos ser tradicional. En arte, triunfaron las vanguardias, fiel reflejo de lo que estaba pasando en la sociedad. Finalmente, el desorden generalizado fue el caldo de cultivo de los fascismos, que pretendían devolver la cordura a un mundo desorganizado.

En cuanto a Alemania, la inflación, el paro, las crisis políticas y la estupidez extranjera permitieron que el mensaje de odio hacia los judíos y la rebelión contra la República que propugnaba Hitler cundieran en la población. Años atrás, en Múnich, Hitler había fracasado porque las circunstancias no acompañaban, pero ahora consiguió apoyos de uno y otro bando. Que era un exaltado lo sabían todos, pero creían poder controlarlo. Al fin y al cabo, ¿qué podía hacer en un país en el que el derecho estaba firmemente arraigado y los ciudadanos creían firmemente en la libertad y la igualdad de derechos que propugnaba la Constitución? Sin embargo, y con asombrosa y terrible rapidez, todo se desmoronó, desapareció el Parlamento y los derechos fueron aplastados uno a uno en Alemania.

De 1934 a 1940, Zweig vivió en Inglaterra. De esta época recuerda la ceguera política de los ingleses, que se empeñaban en ver a Hitler como un mal necesario, pues creían que les iba a servir para frenar el avance bolchevique y que, después, ya habría tiempo de poner coto a sus aspiraciones. En Londres, el autor recibió la noticia de que Alemania había ocupado Austria, y después supo del ensañamiento de Hitler con Viena, la ciudad que lo había ignorado en su juventud. Muchos de sus amigos y conocidos fueron ejecutados, los crímenes se contaban por miles; mientras, una Europa debilitada moral y militarmente se resistía a creer lo que estaba pasando y seguía convencida de que la inhumanidad sería derrotada por los principios occidentales. No fue así, y la sociedad supo de los campos de concentración en tiempos de paz y de que en los cuarteles se construían cámaras secretas donde se mataba a personas inocentes sin juicios ni formalidades.

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Zweig pasó de ser un extranjero en suelo inglés a un extranjero enemigo. Él, que formaba parte de la lista negra de escritores prohibidos en Alemania y que los nazis lo habían estigmatizado por culpa de su raza y su forma de pensar, se había convertido –por el hecho de ser austríaco– en enemigo de quienes defendían sus mismos valores. Esta paradoja y la certeza de que Europa iba a ser destruida lo empujó a abandonar el continente.

Zweig pone punto final a sus memorias en ese duro momento de su vida y de la historia de Europa. Sabemos que él y su segunda mujer se exiliaron en EE UU, pero que no consiguieron encajar y, tras pasar por varios países sudamericanos, acabaron en Brasil. Aquí, lejos de su casa, de sus amigos y de su pasado, el autor se enfrenta al vacío de pensar que todo está perdido, que Europa y su cultura jamás se recuperarán y que el nazismo se va a extender por todo el planeta. Ese temor acabó con él: el 22 de febrero de 1942, Zweig y su mujer se suicidaron en la ciudad brasileña de Petrópolis.

María Forero
Stefan Zweig, El mundo de ayer: memorias de un europeo (El Acantilado, 2001)
(Este artículo ha sido publicado también en mi blog «Entre libros», www.radiofftherecord.com)